Nov 06 2007
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Está muy bien la página: enhorabuena, Mr. Julius.
desescribamos, maldigamos
(es
e/un
decir)
abrazos, en cualquier caso
Si la modernidad permite la historia de la ilegibilidad y sus “malos escritores”, continuando en esta linea de especificidades, se podria decir que la postmodernidad, con Lyotard en cabeza, convocaria a “postmodernos malos escritores”.
Dejo la pregunta abierta para desmembrarla más.
Ena Mercedes
Gracias por la pregunta, Ena, tu observación abre un vía de discusión muy interesante, en la medida en que se presta (para seguir con tu frase) a desmembramientos esclarecedores. En cuanto a la relación entre ilegibilidad/”mala” escritura y posmodernidad, en principio te diría que en mi planteamiento teórico evito deliberadamente la mención de posmodernismo/posmodernidad, aun siendo consciente de que algunos de los fenómenos que analizo podrían muy bien entrar, conceptual o cronológicamente, en el campo de operaciones delimitado por esos términos. Ello por varias razones: en primer lugar, porque aun cuando mi estudio considera en parte la literatura contemporánea (de las dos o tres últimas décadas, digamos) y por tanto podría prestarse a análisis concordantes con lo que numerosos críticos consideran la época de eclosión de una cultura “posmoderna”, estimo que el fenómeno de la ilegibilidad y la “mala” escritura antecede los avatares “post” de la modernidad –i.e. es un fenómeno históricamente ligado a la modernidad y aun intrínseco a ella (lo que naturalmente no es óbice para que se den variantes “post”).
En segundo lugar, los términos posmodernidad/posmodernismo tienen el inconveniente de la imprecisión –hasta cierto punto es un cáncer que afecta a todo concepto, pero que se agrava fatalmente en los casos de sobreexplotación teórica, cuando se trata de conceptos tan manoseados, tan traídos y llevados que ya no se sabe muy bien lo que significan. Así “posmoderno” quiere decir cosas muy distintas (y aun opuestas) tal y como suele usarse en el discurso literario, cultural y filosófico (para no hablar del discurso periodístico) en España, en Latinoamérica, o en los EE.UU., por ejemplo.
Personalmente encuentro más satisfactorias las elaboraciones teóricas del término en el campo de la filosofía (Vattimo, Lyotard) que sus aplicaciones a los estudios literarios (Hassan, Hutcheon), que pecan de una tendencia a obliterar fenómenos que ya se dan en la modernidad o en el “modernism” y a reetiquetarlos con el marbete más sexy o lustroso (en su momento) del “postmodernism”. Por lo demás, el uso del término en los estudios literarios hispánicos es doblemente problemático, pues al margen de que ya existe en nuestro acervo crítico un significado históricamente muy específico para el término “posmodernismo”, en la tradición hispánica se daría la paradójica circunstancia de que el primer escritor “posmoderno” propiamente dicho (en una de las acepciones menos elusivas del término), Borges –cuyo impacto en las teorías francesas de la posmodernidad sería difícil exagerar–, sería ANTERIOR a toda una brillante generación de escritores modernos: Cortázar, García Márquez, Fuentes, Vargas Llosa, etc. –escritores que, puestos a importar taxonomías, encajarían formalmente dentro de lo que la crítica anglosajona denomina “modernism” y que ideológicamente continúan sin demasiados altibajos los relatos matrices de la modernidad –revolución, originalidad artística, etc.
En fin, para resumir y no eternizarme en la respuesta, muchos de los fenómenos que yo aglutino provisionalmente bajo el término “modernidad B” admitirían sin problema, trasladados a otro marco teórico, la caracterización de “posmodernos” –e inversamente, rasgos del discurso teórico posmoderno como la fragmentariedad y la aversión a la claridad expositiva entrarían dentro del campo de estudio de una historia de la ilegibilidad moderna, i.e. de lo que yo llamo “modernidad B”: Derrida o Virilio no son más opacos o “ilegibles” que Kierkegaard o Hegel, se diría que en términos de estilo, al menos, forman parte de una misma tradición. Así, para poner otro ejemplo, lo que a partir del análisis que hace Thomas Kuhn de los cambios de paradigma y las revoluciones del saber científico, Lyotard llama “búsqueda de la paralogía” como rasgo del saber posmoderno es una cualidad que podría muy bien predicarse de las “malas” escrituras que examino (en particular en sus versiones más radicales: Macedonio, O. Lamborghini, Perlongher). Ahora bien, ¿por qué esa cualidad habría de ser exclusiva del saber posmoderno? ¿no se contradice en parte Lyotard cuando atribuye el rasgo revolucionario de una “jugada que altera las reglas del juego” a un saber que habría abandonado el gran relato moderno de la revolución? ¿el cambio revolucionario de paradigma no estaría inscrito en el código genético de la modernidad, como un virus en estado latente susceptible de activarse y proliferar, dadas las condiciones adecuadas, tanto por la vertiente del saber científico como por la de la creación artística?
En fin –segundo “en fin”, para evitar la descortesía de concluir mi respuesta a tu pregunta con una cascada de nuevas preguntas– te propondría un resumen alternativo: el principal problema que yo le veo a la noción de posmodernidad es la fuerte connotación heterocrónica de un término que (contradiciendo sus propios presupuestos teóricos) sugiere una idea de corte o parteaguas en relación con un sistema anterior (modernidad). Pese a los caveats y lógicas precauciones en este sentido de los teorizadores y críticos que adoptan o ponen en juego el término, la potencialidad de confusión me parece implícita en la estructura connotativa del término. Por lo demás, buena parte de lo que se analiza bajo la noción de posmodernidad me parece perfectamente válido (y en muchos casos pertinente para el estudio de la ilegibilidad y las “malas” escrituras) si se le añade el matiz de que no necesariamente sería algo que ocurriría DESPUÉS de la modernidad sino más bien DURANTE ella, como una suerte de para-modernidad o sistema vectorial centrífugo inherente al sistema de la modernidad –en otras palabras, “posmoderno” sería todo aquello que, aun tendiendo a su desmantelación, estaría DENTRO, NO FUERA de la modernidad.
Muy interesante esta página. Felicidades.
Saludos
Querido Julio:
Al abrir tu página pensé que en ella cabría yo, pero me temo que por nombres y citas no basta con escribir mal, o haberlo hecho en las fechas en que escribir mal tuviera más mérito, sino que hay que saber escribir mal o quizás escribir mal de una o unas determinadas formas. Supongo que no todas las malas escrituras son de interés o de tu interés. Por lo tanto, ¿cuáles son las formas válidas de la mala escritura que vale?¿Qué hace que una mala escritura sea buena sin que deje de ser mala? ¿Habrá quien estudie con deleite lo que tú desechaste por no ser buena malaescritura? ¿Habrá mala malaescritura que pueda ser reivindicada? ¿Será esa la página donde yo quepa? Un abraso.
Querido Oscar (para ser consecuentes con los presupuestos de esta página, te malescribo sin acento):
Gracias por esa exótica caravana de preguntas. Viendo que te das de baja en el bando de las buenas (me refiero a las escrituras, no a las preguntas), prometo plantearme seriamente hacerte un hueco si alguna vez emprendo la aventura de una segunda parte (no menos quijotesca que la primera) dedicada a las “malas” españolas. Entretanto, a menos que tu escritura logre fingir acento mexicano, porteño o cubano de forma convincente, tienes poca chance o dicho en castizo: no hay tu tía.
En fin, si tras repasar los cinco criterios que propongo sigues sin verlo claro, la regla de oro para dirimir tan peliaguda cuestión –¿qué diferencia una “mala” escritura de una escritura mala?– tal vez sería: “mala” es la que quiere ser mala, y lo es a conciencia; mala, rematadamente mala, la que lo es sin saberlo, la que quiere ser buena y fracasa en el intento (aunque en cierto modo, desde un punto de vista estrictamente platónico, TODAS las escrituras tendrían algo de malas en este sentido: en el fondo de lo que hablaríamos es de escrituras más o menos malas, con más o menos sombra de buenas, con más o menos mala sombra).
Dicho de otro modo, la escritura mala se resumiría en un: quiero y no puedo; el lema de la “mala” –el lema de Picasso, Godard o Macedonio– sería: puedo, pero no quiero. O como diría Bartleby: preferiría no hacerlo. Un abrazo, J.
qué sería “nuestro acervo crítico” ?
“—¿Es justo que lo consideren un escritor posmoderno?
- —Bueno, posmoderno es una palabra, y yo siempre digo que las palabras deben servirnos a nosotros y no nosotros a las palabras. Es decir que cada cual puede definirla como quiera y usarla conmigo o con quien quiera. Pero yo no me considero posmoderno en tanto creo haber seguido fiel a la preceptiva modernista en la que me formé. Mi lema sigue siendo el famoso verso de Baudelaire: “Ir hacia delante y siempre en busca de lo nuevo.” Y sacrificarlo todo por lo nuevo, ¿no? Y esta actitud no es posmoderna. Creo que el posmodernismo deshace esa línea hacia delante para erigir una especie de estantería de supermercado donde está toda la cultura de antes, la de ahora, la de después, y entonces procede con ellas a formular combinaciones al azar. No es lo mío. ”
“El mejor Cortazar es un mal Borges” Entrevista a César Aira - Carlos alfieri - Revista Ñ (ar) 09.10.2004
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” ¿Prefieres la literatura que se deja llevar por la improvisación que aquella que lo tiene todo previsto, medido y estudiado?
CA: Quizás las dos opciones no son excluyentes. Yo siempre creí practicar la improvisación más descarada e irresponsable, cercana a la escritura automática. Pero siempre mantuve una saludable desconfianza hacia ese “fondo salvaje” del pensamiento, del que al fin de cuentas no pueden salir más que los trillados lugares comunes que nos dictan las determinaciones sociales, históricas y familiares que nos han formado. Así que trato de que la improvisación corra por vías trazadas por la inteligencia. ”
Entrevista a César Aira
Por Ernesto Escobar Ulloa
The Barcelona Review, 2004.
___________________________________________
Gracias. d.
Disculpen, no sé si fui oportuna citando las palabras del escritor César Aira. Sólo quise hacer un aporte a los dos temas, interesantes, del debate: la “posmodernidad” y escrituras “mala-malas” (por llamarlas de alguna manera)
Gracias. d
A d: gracias a ti por ese interesante y pertinente aporte airiano.
A MS: nuestro acervo crítico = archivo o tradición de la crítica literaria hispano-americana.
A amb@s, saludos cordiales,
J.
Una idea de mala escritura según Sarduy en su ensayo “Barroco”:
“¿Qué significa hoy en día una práctica del Barroco? ¿Cuál es su sentido profundo? ¿Se trata de un deseo de oscuridad, de una exquisitez? Me arriesgo a sostener lo contrario: ser barroco hoy significa amenazar, juzgar y parodiar la economía burguesa, basada en la administración tacaña de los bienes, en su centro y fundamento mismo: el espacio de los signos, el lenguaje, soporte simbólico de la sociedad, garantía de su funcionamiento, de su comunicación. Malgastar, dilapidar, derrochar el lenguaje únicamente en función del placer –y no, como en el uso doméstico, en función de información es un atentado al buen sentido, moralista y natural.”
Una idea sobre modernidad y posmodernidad según Paz en entrevista con Nathan Gardells:
“La civilización occidental está experimentando una transformación fundamental en su imaginación temporal. Hemos vuelto a poner la hora en nuestros relojes. El denominar a la presente condición “posmodernismo” constituye una referencia a la modernidad; significa caer en la trampa del tiempo lineal, la narrativa de la cual nos hemos alejado por completo.
“El modernismo, con su noción de progreso, era realmente una especie de exageración del tiempo lineal de la civilización judeo-cristiana, que se desplazaba hacia adelante desde el momento de la creación y la caída en el pecado hasta la redención y el paraíso. Siempre ha significado dejar atrás el pasado en aras de algo diferente o mejor en los tiempos por venir.
“El modernismo se inició en el siglo dieciocho con la crítica como método filosófico. Luego el modernismo surgió como un método político, la revolución, que se mostraba crítica ante lo que existía en el nombre de la utopía que podrá ser Por último, el modernismo se convirtió en un método artístico, el vanguardismo, mismo que impuso una ruptura radical con la tradición cultural.
“El modernismo dio origen a innumerables cosas buenas. Por encima de todo, como usted lo mencionó, el reconocimiento de “otras” civilizaciones. Esto abrió la posibilidad de asimilar tradiciones extrañas a la cultura occidental, desde la poesía oriental hasta las máscaras y esculturas africanas que simulaban al cubismo. Los poetas adoptaron el haiku japonés, y Ezra Pound tradujo la poesía china. El teatro Noh influyó sobre Yeats y otros dramaturgos.
“En efecto, el primer tercio del siglo veinte constituyó la culminación de un largo proceso de descubrimiento de otras civilizaciones y sus visiones de la realidad. Este proceso, que se inició en el siglo dieciséis con la exploración del continente americano, tuvo como resultado en nuestra época la adopción de formas artísticas que no sólo fueron diferentes de la principal corriente imperante en la tradición de Occidente, sino contrarias a ella.
“La asimilación de lo “otro” en la imaginación eurocéntrica fue la consecuencia de la revolución estética que comenzó con el Romanticismo. también llevó finalmente a su culminación una tradición que había empezado con el Renacimiento, inspirada en la antigüedad greco-romana. Al negar esta tradición en la búsqueda en pos de otras formas de belleza, el arte moderno rompió la continuidad del Occidente.
En el momento presente tenemos una visión diferente de la tradición, una forma de asimilar el pasado sin fracturarlo. Hoy en día podemos apreciar un ejemplo de esto en la arquitectura, que utiliza estilos tanto modernos como neoclásicos. Esta nueva visión constituye también una forma de asimilar simultáneamente a otras culturas con las que vivimos en yuxtaposición. Y al finalizar este siglo, como nunca antes había sucedido, existen formas de arte simultáneas. Por un momento el neoexpresionismo, al siguiente el minimalismo.
“El otro principio organizado importante de la sociedad moderna ha sido la idea del “futuro”. Cada civilización tiene una idea diferente del tiempo. Para las sociedades medievales, lo importante era la eternidad, el tiempo fuera del tiempo, y el pasado. Ellos no creían en el futuro. Sabían muy bien que el mundo pronto se vería condenado a la extinción. El punto era salvar la propia alma y no tratar de salvar el mundo.
“Pero la modernidad tuvo una concepción diferente: no era el alma individual lo que se podía salvar, sino la raza humana misma a través del “progreso”. El futuro en la tierra radicaba en el paraíso moderno al que todos podían acceder en la misma marcha de la “Historia”. Bajo la modernidad, buscamos la redención secular colectiva, la redención dentro del tiempo.
“Hoy en día hemos perdido nuestra fe en el “progreso” y descubierto el presente, el cual sabemos que podemos tocar, a diferencia del futuro. El intento totalitario por alcanzar el futuro se ha desplomado por completo. E incluso la gran tierra del futuro abierto, Estados Unidos, se ha convertido en la tierra del “ahora”. Esta sensibilidad se formuló de manera un tanto simplista hace unos años en la consigna “paraíso ahora”. Incluso bajo un planteamiento crudo, esta consigna ofrece a pesar de todo cierta idea del temperamento de nuestras sociedades.
“En resumen, la sucesión temporal ya no domina nuestra imaginación, la cual ha retrocedido del futuro al presente. En lugar de ello, vivimos una conjunción de tiempos y espacios, sincronización y confluencia, que convergen en el “tiempo puro” del instante.
“Esto se puede percibir también en el desarrollo científico de nuestro día, con la nueva tensión sobre la casualidad y la convergencia fortuita de fuerzas en lugar de la causalidad lógica. La coherencia y el equilibrio constituyen la excepción momentánea, y el desequilibrio de la regla. La lingüística también ha descubierto la sincronización.
“Este tiempo sin medida no es optimista. No propone el paraíso ahora. Reconoce a la muerte, a la cual negaba el culto moderno del futuro, pero también abraza la intensidad de la vida. En el momento, se reconcilian el lado oscuro y el lado luminoso de la naturaleza humana.
“La paradoja del instante radica en que es todo el tiempo y la ausencia del tiempo simultáneamente. Está aquí, y desaparece. Es el punto de equilibrio entre el ser y el convertirse.”
losextemporaneos.blospot.com
Muy interesantes ambas citas, se te agradecen, extemporáneo.uno.
A propósito de la segunda: una idea del fin de la modernidad bien extemporánea, por cierto –la post-modernidad para Paz es la Paz Extemporánea! Sin duda contribuye a las paradojas de pensar lo post de forma totalizadora… aparte de a la cacofonía del (post)modernismo en castellano (siempre pensé que “modernismo” era un término que servía para referirse a lo que escribían gente como Martí, Darío, Asunción Silva, y que “postmodernistas” eran Herrera y Reissig, Storni o el primer Vallejo…)
En cuanto a Sarduy es ciertamente interesante leerlo a partir de la idea de “mala” escritura. En particular su teoría del neobarroco, ahí yo vería un discurso de “mala” escritura pero no tanto por el lado del exceso y el derroche sino más bien por lo que tiene de barroco de la carencia y la sustracción en cuanto al barroco de Lezama o Carpentier… Sarduy habla de la agramaticalidad de la frase lezamiana pero curiosamente la dicción de su prosa es muy nítida (y su poesía, sobre todo en el período final, es de una limpidez clásica). En realidad donde creo que eclosiona el neobarroco como escribir mal es en Perlongher, que literalmente embarra la palabra, la escribe mal y le sale lo “neobarroso”… Claro, Sarduy “malescribe” a Lezama, Perlongher a Borges: en Perlongher la lúcida orilla borgeana se enturbia y enfanga; en el caso Sarduy-Lezama el proceso es en cierto modo inverso… En cualquier caso, un tema que da que pensar (o por lo menos que hablar), este de las distintas tonalidades del malescribir neobarroco/neobarroso.
Cordialmente,
J.