ilegibilidad y modernidad
Er lasst sich nicht lesen.
Con estas palabras se cierra una reflexión seminal sobre la modernidad, un texto no menos visionario e influyente que El pintor de la vida moderna (1863) de Baudelaire: el relato de Edgar Allan Poe “The Man of the Crowd” (1850). En el desenlace de esta memorable narración, donde significativamente una frase en alemán –y, por cierto, una frase mal escrita: “lasst” debiera ser “lässt“– sirve de broche final a un texto escrito en inglés, Poe sugiere una conexión íntima entre dos nociones centrales para este estudio: ilegibilidad y modernidad. En gran medida la historia de la modernidad y sus manifestaciones artísticas podría describirse como una historia de la ilegibilidad: como una crónica de todo lo que, en las proféticas palabras de Poe, “no se deja leer” en la experiencia histórica de las sociedades modernas -más exactamente, como una constelación de historias, discursos y prácticas culturales que gravitan en torno a la idea de que una creciente ilegibilidad, un déficit constante de sentido, está en la raíz de los diversos fenómenos designados por la noción de “modernidad”. La noción de ilegibilidad remitiría a sí a una des-orientación -un déficit de sentido en la doble acepción del término en
español: una falta de significado y de dirección- como experiencia central de la modernidad. En efecto, la multiplicación babélica de voces, versiones y visiones del mundo discordantes puede ser considerada un efecto de la modernización así como elemento principal de lo que podríamos llamar una sensibilidad moderna: una moderna Weltanschauung, por oposición a una experiencia del mundo premoderna, monológica, teocéntrica -y, por tanto, fuertemente “semiocéntrica”, sólidamente arraigada en el sentido.
Aufklärung vs. entropía
En cierto modo, una de las ventajas de pensar la cuestión de la ilegibilidad es que hace visible una fisura en el centro de la tradición moderna: por una parte, tendríamos un conjunto de fenómenos políticos y socioeconómicos asociados con los procesos de modernización y racionalización (en el sentido de Max Weber); por otra, tendríamos el conjunto de prácticas simbólicas y fenómenos culturales vinculables a una moderna Weltanschauung. Si bien históricamente ambos conjuntos de fenómenos se intersectan y interactúan de múltiples maneras, se diría que el primer conjunto, en términos semióticos, tiende a la coherencia semántica y a una legibilidad universal asociada a una ideología de la razón históricamente específica -una ideología que podemos identificar provisionalmente con la noción de Aufklärung-; el segundo conjunto, que incluiría gran parte de la historia del arte y la filosofía moderna –en particular en sus vertientes irracionalistas desde Nietzsche y Kierkegaard hasta Heidegger, Derrida y Levinas– tiende por el contrario a la ilegibilidad y a lo que podríamos denominar entropía semántica.
modernidades discordantes
Es más, se diría que mientras el primer conjunto -llamémoslo, para economizar, “modernidad A” - aparece íntimamente ligado a la hegemonía política y a la ideología de una clase social -la burguesía- así como a la hegemonía geopolítica y a los apetitos coloniales de una región del globo -Europa y Norteamérica en la era de continua globalización que va desde el siglo XV hasta nuestros días-, el segundo conjunto -llamémoslo “modernidad B” - podría describirse, parafraseando una obra famosa de Sigmund Freud, como el reino de la “modernidad y sus descontentos”. Ese otro reino de lo moderno emergería en distintos ámbitos que tendrían en común cierto grado de marginalidad o resistencia a los agentes hegemónicos de la “modernidad A”. En otras palabras, y simplificando mucho: si la “modernidad A” sería hegemónica y central y tendería hacia una suerte de “sentido universal”, la “modernidad B” sería ex-céntrica y marginal y un cierto grado de resistencia al sentido estaría entre sus tácticas operativas más prominentes.
