vanguardia y “mala” escritura
Desde el punto de vista histórico, aunque no todas las “malas” escrituras están directamente vinculadas a las vanguardias o admiten sin problemas la etiqueta de “vanguardistas”, es constatable que la gran mayoría de prácticas, estéticas y discursos de “mala” escritura surgen en el contexto de las vanguardias históricas durante las tres primeras décadas del siglo XX, y que cuando se produce una segunda oleada de estos discursos en los años 60 y 70 ello coincide con un momento “neovanguardista” en el campo de las artes. Si uno de los lemas emblemáticos de los distintos vanguardismos es el deseo de escandalizar al burgués, no deja de tener su lógica que buena parte de las prácticas vanguardistas se den como atentados contra el buen gusto, las convenciones estéticas y el sentido del decoro de la burguesía.
estética del shock y ethos anti-mercantil
Así, podemos ver la “mala” escritura como una manifestación de la estética del shock vanguardista, y la ilegibilidad textual formaría parte del repertorio vanguardista de prácticas de agresión contra el receptor. Además, la “mala” escritura estaría en consonancia con el ethos anti-mercantil de las vanguardias y en general de los discursos anti-sistema (no en vano el término “vanguardia” tiene su origen en el campo de la lucha política en el siglo XIX): si el mercado moderno se rige a partir de un criterio de funcionalidad y eficacia, no es extraño que las versiones más radicales y politizadas de la vanguardia recurran a estrategias de “mala” escritura: textos anti-funcionales, ineficaces, que colapsan o hacen chirriar los engranajes del mercado de consumo cultural. Ahora bien, no todas las prácticas vanguardistas pueden circunscribirse a una “mala” escritura -de hecho muchos movimientos de vanguardia (cubismo, constructivismo, ultraísmo) son altamente formalistas y gran parte de su éxito o supervivencia como movimientos depende justamente de la nitidez y homogeneidad de sus propuestas formales. En este sentido, dadaísmo, expresionismo y surrealismo -y en Latinoamérica, estridentismo y movimiento antropófago– serían los movimientos vanguardistas más próximos a la órbita de prácticas y discursos de “mala” escritura. Asimismo, en el caso particular de Latinoamérica habría que tener en cuenta cómo la emergencia de las vanguardias, y de una “mala” escritura a ellas asociada, se da como reacción específica dentro del campo literario al movimiento hegemónico históricamente precedente: el modernismo como ideal de dicción pulida y refinada que imperó en las literaturas del mundo hispanohablante en las últimas decadas del siglo XIX y en las primeras del XX -y que en ciertas áreas del campo literario sigue retornando a lo largo del siglo XX con tanta recurrencia como las vanguardias.
escrituras inter- e infralingüísticas
Las “malas” escrituras, en su vertiente vanguardista, se distinguen tanto del ideal de dicción eufónica del modernismo hispánico, como del virtuosismo lingüístico y textual del modernism angloamericano -las “malas” escrituras no sólo suelen ser interlingüísticas sino también infralingüísticas: las libertades gramaticales, sintácticas y léxicas que se toman un Girondo, un Vallejo, un Osvaldo Lamborghini o un Perlongher son modalidades de “mala” escritura que se distinguirían del virtuosismo hiperlingüístico de un ingenio verbal que acuña palabras port-manteau (a la manera de un Joyce, un Cabrera Infante o un Julián Ríos) o que como Joyce propone un texto cuya ilegibilidad se ofrece como legibilidad sin fondo o sin límite -de Ulysses dijo Joyce que era una obra de tal complejidad que garantizaría una eterna labor de desciframiento a generaciones y generaciones de críticos… Por el contrario, las “malas” escrituras latinoamericanas tienden más a la ilegibilidad por sustracción y redundancia de Beckett que a la ilegibilidad por acumulación y multiplicidad combinatoria de Joyce, Faulkner o Virginia Wolf.
subjetividad artística y mercado cultural
Por otra parte, “hacerlo mal” (para citar el lema de César Aira) es algo que hasta cierto punto estaría en la raíz no sólo de las vanguardias sino del arte moderno en general, en la medida en que desde el romanticismo el objeto del arte se desplaza del principio clásico de la mímesis o representación de la naturaleza, hacia la expresión de la subjetividad y singularidad del artista, lo que implica una desestabilización del criterio clásico de lo “bueno” no sólo en el sentido de que se multiplican y emborronan irremediablemente esos criterios de fidelidad y eficacia que daban cierta estabilidad al juicio estético en la época clásica, sino en el sentido de que (como señalara Bourdieu) los procedimientos de validación artística se invierten a partir de un criterio de distinción: si el valor por excelencia en el arte moderno es lo nuevo, lo singular, “hacerlo mal” como expresión de la personalidad del artista no sólo no queda excluido del campo del valor estético sino que en los ciclos históricos de saturación de las propuestas estéticas (como es la época de las vanguardias y en gran medida nuestra época) puede ser una forma de salir del atolladero, cuando no una forma de cotizar al alza en nuevos mercados de valor -en este sentido el arte contemporáneo desde la segunda mitad del siglo XX, es decir, desde el supuesto agotamiento de las vanguardias históricas, desde el minimalismo y el arte conceptual, al arte pop, el arte povera y el performance art, puede verse como un campo (y un mercado) de retroalimentación y despliegue de proyectos vanguardistas a partir de estrategias de “mala” escritura. Por otra parte, si como sostuviera Raymond Williams otra de las consecuencias del agotamiento de las vanguardias históricas es la reabsorción de sus estrategias por la cultura de masas, ese fenómeno afectaría también a las “malas” escrituras, de modo que en la cultura popular de los medios masivos de la segunda mitad del siglo XX no faltan ejemplos de estéticas del “hacerlo mal”, desde Bob Dylan, al movimiento punk, al hip-hop o a la serie de dibujos animados South Park.
la retaguardia de la vanguardia
En este sentido, la escritura de un autor como Washington Cucurto podría verse como un devenir “pop” de una tradición vanguardista de “mala” escritura que coexistiría con prácticas neo- o retro-vanguardistas como las de Zelarrayán o Aira, o en su momento las de Osvaldo Lamborghini o Néstor Perlongher, que tal vez serían formas de lo que Marjorie Perloff llama “arrière-garde” -de una retaguardia de la vanguardia que no deja de maquinar ofensas y ataques a lo largo del siglo XX, mucho después del deceso de las vanguardias históricas (que, en esta lectura, sería deceso, caída en el campo de batalla sólo de una primera línea de combate).
